Antes de que el cielo se vuelva gris: historia de Malik, un joven palestino

Antes de que el cielo se vuelva gris: historia de Malik, un joven palestino

Breve narrativa sobre las dificultades atravesadas por un joven palestino durante la guerra. Escrito por Maitane San José Sánchez. Fotografía por Robert Croma.

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Con tan solo seis años, el mundo de Malik no estaba hecho de juguetes, diversión ni alegría. En cambio, ya se había enfrentado a situaciones impropias de su edad. Conocía el olor de la dinamita y estaba siempre de paso, sin un lugar al que llamar «hogar» y sin tener muchos amigos. No debía preocuparse, le decía su madre, porque cada vez que dejaban un lugar atrás, algo mejor estaba por venir. “Al menos —solía pensar para sí mismo— no me aburro”. 

Malik no entendía por qué no encontraba a su padre en ninguna parte y era su tío quien cuidaba de su madre y de él. No entendía por qué su madre lloraba en silencio cada noche y, sin embargo, encontraba fuerzas para jugar con él durante el día. Para entonces, de todas maneras, ya había aprendido a no hacer demasiadas preguntas.

De todos los juegos que su madre inventaba para él, su favorito era, sin duda, el de los martes a las tres de la tarde, cuando se ponía tapones en los oídos e intentaba adivinar qué escenario recreaba su madre. Siguieron jugando hasta que Malik fue lo bastante mayor como para reconocer los sonidos de los que ella intentaba protegerlo. Con los años comprendería que hay ciertos sonidos que crean un silencio aterrador. Al fin y al cabo, no eran aquellos ruidosos objetos metálicos que cruzaban el cielo lo que más lo asustaba, sino lo que ocurría justo después de que dejaran de silbar en el aire.

Fue a los catorce años cuando conoció a Aisha. Era pequeña, pero extrovertida y hablaba sin miedo de cosas que otros preferían callar. Cuando las cenizas llenaban el cielo y los sonidos de la artillería dominaban la atmósfera, les gustaba fingir que era nieve. A pesar de la hostilidad que marcaba la vida en su pueblo y de la constante sensación de estar siendo observados, ahora Malik tenía a alguien en quien confiar.

—Un día, cuando todo esto termine —dijo Aisha mirando con anhelo las nubes mientras jugaba con la hierba ocre, igual que segundos antes había hecho con su keffiyeh palestino.— ¿Qué te gustaría hacer?

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes, cuando salgamos de aquí. A mí me gustaría ser médica. Quizá entonces pueda curar a mi hermano. ¿Y tú?

Malik tardó en responder. Aquella pregunta le desconcertaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que, la mayoría de las veces, Aisha no buscaba palabras de consuelo, sino a alguien dispuesto a hablar de las cosas que nadie se atrevía a decir en voz alta. Era una especie de relación simbiótica la que mantenían. Malik admiraba su imaginación y su ambición, mientras que Aisha disfrutaba teniendo a alguien que la escuchara.

—No lo sé. Supongo que me alistaré en el ejército. No es que tenga muchas alternativas, en realidad.

Aisha guardó silencio durante unos segundos. Miró pensativa al suelo durante un momento, como si tratara de encontrar las palabras adecuadas.

—¿Malik?

—¿Sí?

—Si alguna vez estás en la posición de matar a alguien, por favor, no lo hagas.

—¿Por qué dices eso?

—Para que algo cambie, alguien tiene que dejar de derramar la sangre de personas inocentes. Todos somos víctimas.

Cuando el chico llegó a los dieciséis años, su amiga desapareció. Al principio, Malik se negó a creerlo. No estaba preparado para aceptar que nunca volvería a verla y, aunque no lo admitiese, tampoco estaba preparado para entenderlo. Las desapariciones se habían vuelto, tristemente, comunes en su región, pero que se llevaran a personas cercanas a él se le antojaba, de algún modo, aún más injusto.

Durante semanas se convenció de que simplemente se había marchado, de que quizá regresaría. Nunca lo hizo. El día en que su madre le confirmó que Aisha no volvería, le había preparado un maravilloso hashweh, su plato favorito, y se sentó con él en la mesa de la cocina. Lloró, y sus ojos color obsidiana se oscurecían con cada lágrima derramada. Cada una alimentaba el odio que crecía en él como las malas hierbas implacables de su jardín, y empezó a creer a su tío cuando decía: «el fuego se combate con fuego». Así que cuando finalmente le tocó irse a un campo de entrenamiento, sus labios no pronunciaron ni una sola queja.

A los veinte años, Malik aún tenía muchas preguntas, muchas cosas que no comprendía. Estaba luchando en una guerra con la desalentadora sensación de que nunca habría un ganador. Demasiados cuerpos; demasiadas despedidas silenciosas. El joven sufría cada pérdida, por mucho que no se permitiera a sí mismo encariñarse demasiado con nadie. 

Esta rutina continuó hasta una lúgubre mañana de invierno, como tantas otras, en la que un muchacho bajo y escuálido se sentó frente a él en el desayuno. 

—Oye, ¿sabías que la comida iba a ser tan mala? —dijo Sana señalando la bandeja— Si fuese mi primera vez comiendo algo así, diría que intentan envenenarnos.

Malik se había convertido en un hombre taciturno y reservado, e ignoró a Sana con la esperanza, en vano, de que se cansara pronto. Con el tiempo, aquella conversación unilateral se transformó en algo parecido a un compañerismo desenfadado. Sana se pasaba todo el día parloteando; Malik respondía con frases cortas que a menudo sonaban más ásperas de lo que pretendía. 

—No hablas mucho, ¿verdad? —le preguntó Sana un día.

—Tú hablas suficiente por los dos.

Malik consideraba la descarada despreocupación de Sana irritante. No obstante, cuanto más lo seguía este a todas partes, más toleraba su presencia.

***

Una tarde tranquila de entrenamiento, los disparos rompieron la tranquilidad. Todos los presentes pertenecían al mismo bando, así que Malik dedujo inmediatamente lo que estaba ocurriendo. Corrió hacia el lugar de donde provenían los disparos, con el dedo en el gatillo de su pistola y el seguro quitado.

«Estoy preparado para cualquier cosa, estoy entrenado», se repetía a sí mismo, pero cuando llegó a la escena, se quedó paralizado. Había hombres armados con uniformes que nunca había visto antes, y en el suelo yacían cuerpos sin vida con rostros que sí reconocía.

Sana estaba tendido en el suelo, herido, intentando escapar de un hombre que le apuntaba con un arma. Malik no dudó; en cuestión de segundos llegó hasta ellos y desarmó al hombre. Luego lo empujó, haciendo que perdiese el equilibrio y que cayera al suelo con las manos en alto a modo de súplica, o quizás a modo de perdón.

Malik sostuvo el arma y apuntó a su entrecejo, decidido a disparar.

—No lo hagas —dijo Sana débilmente, tan bajo que apenas se oía.

—Él te habría matado sin pensarlo dos veces —respondió Malik, sin apartar la mirada de su objetivo.

—Solo es otra víctima.

Malik permaneció inmóvil durante unos segundos, como si estuviera sopesando sus opciones, y bajó el arma. Con un gesto desdeñoso indicó al hombre que se marchara. Mientras este huía apresuradamente, se arrodilló junto a Sana y lo examinó. Tenía una herida profunda en la pierna, que trataba de cubrir con la mano y varios moretones en el cuerpo. Le ayudó a levantarse, y Sana le dedicó una sonrisa burlona.

—¿Ves? Sabía que en el fondo te caía bien.

Malik tenía veintiún años entonces, pero comprendió algo que la guerra había intentado enseñarle a olvidar: tenía un amigo.



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