Zhaoxi Sun explica cómo el ascenso de China se articula a través de estrategias menos visibles pero profundamente estructurales, reconfigurando equilibrios de poder y oportunidades en América Latina.

La creciente presencia del Dragón Rojo en América Latina está redefiniendo el equilibrio geopolítico y económico de la región. Desde el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) en 2013, China ha consolidado una estrategia global basada en la financiación de infraestructuras, el fortalecimiento de redes comerciales y el desarrollo de nuevas tecnologías. Aunque inicialmente se concentró en conectar Eurasia y África a través de corredores terrestres y marítimos, desde 2017 se extendió formalmente a América Latina y el Caribe (ALC), integrando esta lejana región como parte de la Ruta de Seda Marítima.
Esta expansión, que ya cuenta con la adhesión formal de múltiples países latinoamericanos mediante Memorandos de Entendimiento, puede analizarse a través de tres marcos teóricos que explican las lógicas de poder, asimetría y cooperación en el actual sistema internacional.
El primer marco analítico es el realismo ofensivo. Esta teoría postula que los Estados buscan maximizar su poder relativo para garantizar su supervivencia dentro de un sistema internacional caracterizado por la anarquía. Desde esta perspectiva, la infraestructura crítica financiada por la BRI no posee un fin exclusivamente comercial, sino que adquiere un alto valor geoestratégico para el control de rutas logísticas y la proyección de poder estatal.
La materialización de este motivo se observa claramente en el financiamiento y construcción de puntos de quiebre logístico transoceánicos, como el megapuerto de aguas profundas de Chancay en Perú, desarrollado por la empresa estatal china COSCO Shipping. Estas infraestructuras permiten a China competir de manera directa con la influencia histórica de Estados Unidos en el hemisferio occidental, alterando los equilibrios de seguridad.
El segundo enfoque es la teoría de la dependencia, que subraya la existencia de una estructura económica asimétrica dividida entre un centro industrializado y una periferia, cuya función principal es proveer materias primas. La llegada de la BRI a la región tiende a perpetuar este patrón de especialización reprimarizante, donde ALC exporta recursos primarios naturales e importa manufacturas de alto valor agregado.
Proyectos concretos que ilustran esta dinámica son las masivas inversiones chinas destinadas a la extracción de minerales críticos, como las adquisiciones en el sector del litio en Argentina (proyecto 3Q en la provincia de Catamarca) y los consorcios formados para explotar los salares de Uyuni y Oruro en Bolivia. El modelo de financiamiento bilateral atado a empresas chinas sugiere una consolidación de la neodependencia financiera y tecnológica en la región.
El tercer motivo se explica a través del neo-gramscianismo: la hegemonía global no se alcanza únicamente mediante la coerción material, sino a través de la construcción de consensos y la internalización de normas por parte de los actores periféricos. China despliega un poder estructural en la región al promover narrativas alternativas de desarrollo y cooperación Sur-Sur.
En la práctica, este fenómeno se materializa mediante la denominada "Ruta de la Seda Digital", mediante la provisión e instalación de redes de telecomunicaciones 5G y cables submarinos intercontinentales. Adicionalmente, este poder de seducción se consolida mediante una penetración a nivel subnacional, facilitando que provincias y municipios negocien inversiones directamente con bancos chinos, naturalizando de esta manera un nuevo orden hegemónico desde la base.
En definitiva, la Iniciativa de la Franja y la Ruta no constituye un resultado predeterminado, sino un proceso abierto en el que confluyen intereses económicos, políticos y tecnológicos. Para América Latina, el desafío no consiste únicamente en atraer inversión extranjera, sino en transformar esa inversión en una oportunidad de desarrollo sostenible y autonomía estratégica. El verdadero impacto de la nueva Ruta de la Seda dependerá de las decisiones políticas adoptadas a nivel nacional y regional frente al progresivo avance del Gigante Asiático.
