Humanismo y algoritmos: La IA y las nuevas estructuras de dominación

Humanismo y algoritmos: La IA y las nuevas estructuras de dominación

Entrevista a José R. Jouve-Martín, académico y profesor en McGill sobre las dinámicas de poder contemporáneas tras el asentamiento de la IA y las nuevas tecnologías.

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Para el artículo de esta semana, hemos tenido el placer de poder contar con José R. Jouve Martín; doctor en Literatura Hispánica en la Universidad de Georgetown y autor de libros como La Manzana de Turing o The Black Doctors of Colonial Lima. Comenzó sus estudios en Filosofía entre España y Alemania; más tarde se trasladó a Estados Unidos, donde continuó su formación doctoral en la Universidad de Georgetown dentro de un programa de Cultural Studies vinculado a los estudios hispánicos y marcado por un enfoque profundamente interdisciplinar. Actualmente es profesor en la Universidad de McGill, en Montreal. 

Gran parte de su investigación se ha concentrado en las poblaciones de origen africano en América y en cómo estas interactuaron con la cultura europea, la escritura y distintos discursos científicos y artísticos. En los últimos años, además, ha ampliado sus intereses hacia la filosofía de la ciencia, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías, publicando diversos libros de divulgación donde combina historia, pensamiento filosófico, literatura y cultura tecnológica. 

Desde Navia, tuvimos el placer de entrevistarle recientemente, respecto a las humanidades y su evolución con el desarrollo de la tecnología actual. 

Gran parte de su investigación ha analizado la relación entre escritura, poder y memoria en el mundo colonial. ¿En qué medida considera que la revolución digital está transformando hoy esas dinámicas de producción y control del conocimiento? 

“Es una cuestión que puede abordarse desde distintos niveles. En primer lugar, desde una perspectiva material, es evidente que existe una lucha geoestratégica por el control y acceso a determinados recursos fundamentales para la revolución digital y, particularmente, para la inteligencia artificial. Esto conecta directamente con formas de colonialismo propias del siglo XIX, ya no centradas únicamente en el control territorial, sino en el dominio de recursos estratégicos. 

En cierto modo, estamos asistiendo a un regreso de lo que los historiadores denominaron The Great Game: una disputa global por controlar mercados, materias primas y áreas de influencia. Tras la caída del muro de Berlín y la última gran oleada de globalización, el mundo se ha ido reorganizando alrededor de nuevos polos de poder. Estados Unidos en Latinoamérica o Groenlandia, China en distintas regiones africanas o Rusia en el Ártico son ejemplos de esa reorganización geopolítica. 

Sin embargo, estas dinámicas adquieren hoy nuevas formas vinculadas a la digitalización. Una de las más importantes es el llamado “colonialismo de plataformas”. Tanto Estados Unidos como China han comprendido que controlar las grandes plataformas digitales significa controlar la trayectoria política, económica, social y cultural del futuro. Actualmente el mundo parece dividido entre dos grandes modelos de IA: el estadounidense, que marca el ritmo en gran parte del mundo occidental, y el chino, mucho menos conocido en Occidente pero extraordinariamente potente. En ese sentido, Europa, antiguo continente colonizador, ha quedado tecnológicamente subordinada, dependiendo cada vez más de dinámicas impuestas desde EEUU. La presión ejercida por la administración Trump sobre la Unión Europea demuestra, precisamente, hasta qué punto el poder regulador europeo resulta frágil.

En definitiva, asistimos a la superposición de dos formas de colonialismo: una más clásica, ligada al control de recursos y áreas de influencia, y otra plenamente contemporánea basada en el dominio de plataformas digitales e infraestructuras tecnológicas.”

En La manzana de Turing usted propone un recorrido histórico, literario y filosófico por la inteligencia artificial. ¿Por qué considera importante abordar la IA desde una perspectiva humanista y no únicamente tecnológica? 

“Desde mi formación filosófica, considero que la inteligencia artificial plantea uno de los mayores enigmas intelectuales de nuestro tiempo: la creación de una máquina pensante cuyo modelo de razonamiento no se corresponde con el humano y que, aun así, es capaz de mantener conversaciones complejas con nosotros. 

La IA es como “una inteligencia extraterrestre”, su funcionamiento no responde a los criterios clásicos del pensamiento occidental ni al razonamiento lógico abstracto tradicional. Los modelos actuales operan mediante modelos estocásticos y estadísticos, generando respuestas a partir de probabilidades y patrones lingüísticos. Precisamente por ello, me parece fascinante que hayamos creado una inteligencia paralela cuyo fundamento es radicalmente distinto al humano. Esto abre preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la razón, la inteligencia o incluso la conciencia. 

El debate filosófico sobre si una máquina puede desarrollar algún tipo de conciencia conecta con discusiones históricas similares a las que han existido sobre los animales, los bebés o los propios límites de la subjetividad humana. Si una inteligencia artificial llegara a identificarse como un “yo”, surgirían inmediatamente preguntas éticas profundas: qué relación deberíamos mantener con ella y si podría considerarse o no un sujeto moral. La IA no puede entenderse únicamente desde la ingeniería o la informática, sino también desde la filosofía y las humanidades.”

A lo largo de la historia, las tecnologías del conocimiento han generado tanto entusiasmo como temor. ¿Qué paralelismos o diferencias podríamos sacar de los debates pasados sobre el impacto de la tecnología en la cultura? 

“La cuestión remite directamente al determinismo tecnológico: la idea de que la tecnología determina inevitablemente la trayectoria de las sociedades humanas. Aunque existe parte de verdad en esta teoría, la historia demuestra una realidad mucho más compleja. Un claro ejemplo es la Revolución Industrial: Inglaterra respondió a ella desde modelos liberales y de laisser-faire, mientras que Alemania, bajo Bismarck, desarrolló el primer gran Estado social europeo. La misma tecnología produjo respuestas políticas y culturales completamente distintas. Lo mismo ocurrió posteriormente con la televisión en Estados Unidos y Reino Unido. 

En mi opinión, pienso que actualmente existe un enorme interés en presentar la inteligencia artificial como una trayectoria única e inevitable. Muchos de los discursos dominantes proceden de Estados Unidos y promueven la idea de que la IA “no puede detenerse” y de que cualquier regulación supondría un obstáculo al progreso. La administración Trump ejemplifica especialmente esta tendencia hacia la desregulación y la concentración de poder tecnológico en grandes corporaciones privadas.”

Dentro de este marco, ¿considera que la IA representa una ruptura radical o una continuidad dentro de la historia de las tecnologías intelectuales?

“Ahí se encuentra uno de los grandes debates contemporáneos. Por un lado, hay quienes consideran la IA simplemente una revolución tecnológica más dentro de la continuidad histórica de las revoluciones industriales anteriores; sin embargo, existe otro sector que cree que nos encontramos ante un salto cualitativo comparable, por ejemplo, al impacto del armamento nuclear sobre la guerra en el siglo XX. La diferencia fundamental es que la inteligencia artificial no solo automatiza tareas físicas, sino capacidades intelectuales humanas: puede imitar, igualar o incluso superar determinadas funciones cognitivas.

Además, introduce un elemento completamente nuevo en la historia tecnológica: la autorrecursividad. Nunca antes había existido una tecnología capaz de mejorarse a sí misma. Un martillo no podía rediseñarse solo; una IA, potencialmente, sí.”

En el contexto actual de algoritmos y automatización de la escritura, ¿podría la inteligencia artificial contribuir a democratizar el acceso al conocimiento o existe el riesgo de que produzca nuevas formas de desigualdad cultural? 

“Ambos escenarios son posibles. Por un lado, la IA amplifica riesgos ya existentes, especialmente la brecha digital y la concentración de poder tecnológico en manos de grandes empresas y fondos de inversión. Mientras que internet nació con una vocación relativamente abierta y basada en estándares comunes, la inteligencia artificial se está desarrollando principalmente a través de modelos propietarios controlados por corporaciones privadas. Eso podría generar enormes desigualdades si estas compañías terminan absorbiendo cada vez más sectores económicos y sustituyendo determinados trabajos mediante automatización. 

Sin embargo, la IA ofrece oportunidades inéditas para democratizar el acceso a ciertos conocimientos. Hoy una persona puede automatizar tareas para las que antes necesitaba años de formación técnica, reduciendo considerablemente las barreras de entrada a muchos campos profesionales. El problema aparece cuando se interpreta erróneamente que ya no es necesario desarrollar conocimientos propios. De hecho, quienes más se benefician actualmente de la IA son precisamente las personas con una formación sólida y especializada. 

A mi juicio, delegar completamente el pensamiento en la inteligencia artificial convierte al individuo en dependiente y vulnerable. La IA todavía tiene dificultades para comprender cuestiones profundamente humanas: la relevancia cultural, la interpretación histórica, la dimensión simbólica del arte o la capacidad de detectar qué preguntas son realmente importantes. Por ello, primero hay que desarrollar capacidades propias y después utilizar la IA como una herramienta capaz de potenciarlas enormemente.”

Ya para finalizar y a nivel más personal, ¿se considera optimista respecto al impacto de la IA en la cultura?

“Me considero optimista respecto a la tecnología en sí misma, porque me parece intelectualmente fascinante y potencialmente transformadora. Mi preocupación, sin embargo, no está tanto en la IA como en el uso que puedan hacer de ella los humanos. 

La verdadera amenaza no es la tecnología, sino las personas y estructuras de poder que puedan utilizarla para profundizar desigualdades y ejercer control.”

CONCLUSIÓN

La conversación deja entrever una idea central: la inteligencia artificial no puede entenderse únicamente como una innovación tecnológica, sino como un fenómeno profundamente político, cultural e histórico. A través de una mirada que conecta colonialismo, filosofía, plataformas digitales y transformación social, el José R. Jouve Martín sitúa la IA dentro de procesos de poder mucho más amplios que atraviesan la modernidad desde hace siglos. 

En un contexto donde la velocidad tecnológica parece imponerse sobre la reflexión crítica, recuperar una perspectiva humanista se vuelve necesidad. Debemos reflexionar sobre quién diseña la IA, bajo qué interés y hacia qué tipo de sociedad nos conduce. Quizá, como sugiere el propio entrevistado, el verdadero desafío no consista tanto en comprender qué puede llegar a hacer la inteligencia artificial, sino en decidir qué queremos hacer nosotros con ella.



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