Breve análisis de las banderas y sus distintas connotaciones según la situación de cada país, en este caso España y Zimbabue. Escrito por Lola Rodríguez Castillo.
Las banderas nacionales suelen presentarse como símbolos de unidad. Son los emblemas que aparecen en celebraciones deportivas, edificios institucionales o actos conmemorativos y que, en teoría, representan a todos los ciudadanos por igual. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Los símbolos nacionales no poseen un significado fijo ni universal: son construcciones políticas e históricas sujetas a interpretación. Precisamente por ello, en momentos de crisis o conflicto, las banderas suelen convertirse en objetos de disputa. Lejos de ser simples representaciones de la nación, pueden transformarse en herramientas mediante las que distintos grupos intentan definir quién pertenece a ella, quién queda excluido y qué valores debe encarnar.
Esta tensión se observa con claridad al comparar dos movimientos de protesta aparentemente muy distintos: las movilizaciones impulsadas por Vox durante la pandemia en España y el movimiento #ThisFlag surgido en Zimbabue en 2016. Aunque ambos situaron la bandera nacional en el centro de su acción política, lo hicieron para defender proyectos opuestos de comunidad nacional. Mientras en un caso el símbolo fue utilizado para reforzar una visión excluyente de la identidad nacional, en el otro se convirtió en un instrumento para desafiar al poder y reclamar una ciudadanía más inclusiva.
El caso español: manifestaciones de Vox en 2020

En España, el significado de la bandera continúa marcado por una historia que nunca terminó de resolverse por completo. La transición democrática permitió la consolidación de las instituciones democráticas, pero evitó una confrontación profunda con el legado simbólico del franquismo. Entre las concesiones que hicieron los sectores republicanos y buena parte de la izquierda para facilitar el consenso político estuvo la aceptación de la bandera rojigualda como símbolo oficial del nuevo régimen democrático, renunciando a la tricolor republicana que había representado a la Segunda República. Aunque esta decisión contribuyó a la estabilidad del proceso de transición, también dejó abierta una disputa simbólica que nunca llegó a cerrarse del todo.
Como consecuencia, la bandera española ha mantenido para muchos sectores una carga política que va más allá de su condición oficial, mientras que la bandera republicana ha continuado funcionando como un emblema alternativo asociado al antifranquismo, la memoria histórica y determinadas reivindicaciones democráticas. No es casual, por tanto, que durante movilizaciones como las del 15-M numerosos manifestantes optaran por exhibir la tricolor: más que una reivindicación estrictamente republicana, su presencia reflejaba también una contestación a los límites y silencios de la propia Transición y una forma alternativa de imaginar la comunidad política española.
Ese trasfondo ayuda a entender por qué la bandera adquirió tanta relevancia durante las protestas organizadas por Vox en 2020. Las restricciones sanitarias impuestas por la pandemia limitaron las formas tradicionales de movilización, pero las caravanas de vehículos permitieron mantener una presencia visible en el espacio público. Miles de coches recorrieron distintas ciudades exhibiendo banderas españolas mientras denunciaban la gestión del Gobierno. La protesta no consistía únicamente en cuestionar determinadas medidas políticas; también implicaba reivindicar una determinada idea de España. La bandera funcionaba así como un elemento de identificación colectiva que permitía establecer una frontera simbólica entre quienes se consideraban defensores de la nación y quienes eran percibidos como una amenaza para ella.
Las redes sociales amplificaron esta dinámica. Imágenes de calles llenas de vehículos cubiertos con banderas y etiquetas como #FaseLibertad circularon masivamente por plataformas como Twitter, creando una atmósfera emocional basada en la indignación, el orgullo nacional y el rechazo al Ejecutivo. Sin embargo, aunque estas plataformas facilitaron la participación y la difusión del mensaje, la movilización continuó articulándose alrededor de una estructura política claramente definida. Las redes actuaron más como herramientas de amplificación que como espacios de organización autónoma horizontal, reforzando una interpretación relativamente cerrada de la identidad nacional vinculada al proyecto político de Vox.
Situación en Zimbabue: Movimiento #ThisFlag en 2016

El caso de Zimbabue muestra hasta qué punto un mismo símbolo puede adquirir significados completamente diferentes. Cuando surgió el movimiento #ThisFlag en 2016, el país atravesaba una profunda crisis económica y un creciente desgaste del régimen encabezado por Robert Mugabe. En ese contexto, muchos ciudadanos experimentaban una sensación de desencanto ante las promesas incumplidas de la independencia. Sin embargo, lejos de rechazar los símbolos nacionales, los activistas decidieron reapropiarse de ellos.
La bandera dejó de representar exclusivamente al Estado para convertirse en un recordatorio de aquello que el Estado había prometido y no había cumplido. Impulsado por el pastor Evan Mawarire, el movimiento animó a los ciudadanos a vestir la bandera, fotografiarse con ella y compartir esas imágenes en redes sociales. Lo que comenzó como una expresión individual de frustración acabó transformándose en una forma colectiva de protesta. Cada fotografía, cada vídeo y cada publicación contribuían a construir una narrativa alternativa sobre la nación y sobre quién tenía legitimidad para hablar en su nombre.
En este proceso, las plataformas digitales desempeñaron un papel mucho más central que en el caso español. Facebook, Twitter y especialmente WhatsApp permitieron conectar a miles de ciudadanos que, debido al riesgo de represión, difícilmente habrían participado en movilizaciones públicas convencionales. Internet no solo facilitó la circulación de mensajes; se convirtió en una infraestructura política imprescindible para la organización del movimiento. El propio hashtag #ThisFlag sintetizaba esta lógica: al señalar explícitamente “esta bandera”, los participantes abrían una disputa sobre el significado mismo de la nación y sobre quién tenía autoridad para definirla.
La reacción del régimen ilustra el alcance político que llegó a adquirir esta reapropiación simbólica. Las autoridades terminaron restringiendo el uso de la bandera en determinados contextos de protesta, reconociendo implícitamente el poder movilizador que había adquirido un símbolo que, hasta entonces, había estado asociado al propio Estado. Paradójicamente, cuanto más intentaba el gobierno controlar su significado, más evidente resultaba que la bandera había dejado de pertenecer exclusivamente a las instituciones.
Conclusión
Comparar ambos casos permite comprender que las banderas son mucho más que simples emblemas nacionales. Su significado no está inscrito en los colores o en los símbolos que contienen, sino en las disputas políticas y culturales que se desarrollan a su alrededor. En España, la bandera fue movilizada para reforzar una determinada concepción de la comunidad nacional; en Zimbabue, sirvió para cuestionar el monopolio del Estado sobre la definición de esa misma comunidad. En ambos escenarios, los medios de comunicación y las plataformas digitales desempeñaron un papel fundamental, no sólo difundiendo mensajes, sino también moldeando las emociones, las identidades colectivas y las formas de participación política.
Al final, estos ejemplos recuerdan que la nación nunca es una realidad completamente cerrada. Es un proyecto en permanente construcción, sujeto a tensiones, reinterpretaciones y conflictos. Las banderas, lejos de resolver esas disputas, suelen convertirse en una de las principales herramientas en los conflictos: son, al mismo tiempo, símbolos de pertenencia y campos de batalla simbólicos donde se negocia continuamente quiénes somos y quién tiene derecho a definir el significado de ese "nosotros".
